Doloras del pasajero quieto

 

Mal pasajero soy de este domingo a solas.

Por cargar de orgullo mi maleta me está pesando

en este portaequipajes que alma doy en llamar.

Extenuado, sí, pero del abandono.

 

Quizá con el silencio cerrasen las heridas,

pero este coche cama que hicieron de ladrillo

-guarida de fantasmas que gritan y tropiezan-

no es ya sino otro indicio de la confabulación.

 

Lanzándome a este viaje empujado por puñales,

por un bosque de sables debí de imaginarme.

Cansado, malherido u olvidado.

 

Nada de esto me importa en gran manera.

Rabia es lo que siento, mucha rabia.

Mendigo fui del mar, y a un pozo me arrojaron.

 

 

Porque la luz se marchó

 

Porque la luz se marchó cuando el amor ya había concluido,

y bajo esas tinieblas, próximo a dar la una regresó ella a su hogar,

tuvo a bien recalar en el abandono su nave de silencio,

desembarcar en la isla oscura donde la lluvia

ilumina el cielo plomizo con un tejido de aguas que sólo entre él se adivina.

 

Es tarde; no deja de comprenderlo. Y sin embargo,

los pájaros-soledad acuden presurosos a la playa,

con su sordo graznido reclaman del navegante su presencia.

 

Extraña es por nocturna toda singladura. Más aún cuando la lluvia cesa,

a lo lejos se escucha el ronco tren que parte camino a las montañas,

y un batir de alas se desata enloquecido desde el horizonte de sus sienes.

 

 

Suave anochecer de junio

 

Anochece sobre las luces de esta ciudad

y es experiencia para unos cuantos sólo

que esperan que vendrá mañana

como el único amor que les queda.

Canta un muchacho para decir

la soledad, advertida, necesaria ya,

mi Rafael, antiguo niño sorprendido

por la forma en que acontece

esta insignificante fecha del calendario.

Salimos del cine y está anocheciendo

sin que quepa esperar nada nuevo

cuando el misterio se ponga; y cae la tarde

besada por un azul oscuro

o más aún por invisibles labios

de quien no conocemos, pero que teje el hilo

que nos lleva a caminar por donde quiere

hasta que el vello se nos eriza

a la vuelta de una hora insignificante

de principios de un junio fresco por ventura.