|
De la pastelería
El timbrazo del portero electrónico no cesó en toda mi accidentada carrera desde el cuarto de baño hasta el auricular, junto a la puerta de la cocina.
—¡El de las tartas, imbécil! —retumbó en mi oído.
Entró hasta el salón sin mediar palabra y soltó la caja a un metro de altura de la mesa.
—¡Aquí tiene el señor!
Me fijé en el envase octogonal. Pude ver cómo una cucaracha negra salía del interior y echaba a correr sobre la tapa.
—¡Agg, qué asco! —grité saltando hacia atrás horrorizado. —Bah, no se preocupe —y le dio un manotazo al insecto, que salió despedido contra la pantalla del televisor—. Venga, ábrala, a ver qué le parece.
Lo hice, y tras desprenderme con estupor de otra cucaracha que, oculta bajo la tapa, escapaba subiendo por mi brazo, aún pude ver cómo una tercera se debatía patas arriba en una floritura del merengue.
—¡Venga, hombre, no se ponga así! —exclamó el chico mientras me atizaba un tremendo palmetazo entre los omóplatos. Poco faltó para darme de boca contra la tarta.
Tomé fuerzas para reaccionar y le dije
—Pero... bueno, ¿pero qué clase de broma es ésta? —Nada, hombre. No hay ningún problema —dijo quitándose los guantes de cuero, y acto seguido metió los dedos en el merengue y sacó al animal para tirarlo al suelo, donde lo hizo crujir con un golpe seco de su bota—. Ahora ya está todo bien, no me dirá que no. —¡No! —contesté con rabia—. Además, han puesto “Felicidades Vanesa”, y “Vanessa” lleva dos eses. Y la coma, le falta la coma —añadí.
Esta vez me miró con gesto de satisfacción.
—¿Y sólo por eso se me va a preocupar? Ahora mismo lo dejo arreglado.
Extrajo del bolsillo de la cazadora una jeringa de pastelero y dispuso con energía un par de merengazos sobre la tarta con los que reparar las faltas de ortografía.
—Y ahora, ¿le gusta al caballero? Porque no me dirá que no ha quedado bien, ¿verdad?
Durante un instante no fui capaz de articular respuesta alguna. Finalmente crucé los brazos y se la di.
—Pues... no la quiero. —¿Qué ha dicho?
Y repetí con decisión.
—Lo que oyes: que no quiero esa tarta.
Se volvió hacia mí, me agarró del suéter con sus manazas y arrastró mi cara hasta la suya para gritarme en ella
—¡Mire, amigo! —señalaba a la caja abierta agitando el dedo índice— ¿Se ha parado a ver lo maravillosa que es esa tarta? ¿Se ha fijado detenidamente en ella? Es enorme, está hecha con un bizcocho muy tierno, la crema es suave como jamás habrá probado otra. Y además... ¡además, es suya! —se le escapó una risita—. Es su tarta, lo supe desde que entré por ahí —y sacudió la cabeza en dirección a la puerta—. Ahora, si me hace el favor, me abona las cuatro mil quinientas y yo me voy a seguir trabajando. ¿Ha visto qué fácil es ponerse de acuerdo, eh, eh, se ha dado cuenta?
Me solté como pude y saqué un billete de cinco mil del bolsillo del pantalón. Me lo arrebató de las manos y tiró cinco monedas de cien sobre la tarta.
—¡Agradecido! ¡Ah, y que le guste mucho a su "Vanessa"! —clamó desde la puerta.
Permanecí aturdido todavía un buen rato. Cierto es que le había rechazado las siete tartas anteriores que me había traído a lo largo de la mañana. Pero, por muchas vueltas que le doy, no veo que eso sea razón para ponerse como se puso. |