Entró en pérdida

 

Ruidos que habitáis mi casa,

moribundos instrumentos de orquesta

abandonados a favor del viento

que sopla en las gargantas de ladrillo.

 

Recuerdos que llenáis mis sábanas,

blandos pasos tenaces sin embargo,

mi cansancio destapó aquella caja

como Pandora de la madrugada.

 

Respiración del joven que no sabe

que salió del presente y cerró la puerta.

Ahí lo hallaréis, nómada de los áticos,

pues todo lo ignora, y sin conciencia

no hay daño, ni rabia, ni podredumbre:

 

sólo humilla la huella del abandono.

 

 

Rondó de naufragios

 

Ella dibuja sus labios sobre un espejo de mano.

Olvida por un instante la innatural simetría...

Mero engaño. En el carmín no han de soplar los alisios,

pero se siente la brisa. Guarda el espejo en el bolso.

 

Ignora que tú la observas. No quiere hablarse de nada.

Es perfecta en lo que habita: la barra, los lienzos, todo

lo reflejado en sus ojos. Si no sufre, ni se turba,

¿podrán luego recalar sus velos en tu ensenada?

 

No es crueldad si se sonríe. Atiende a lo que le cuentan.

Que no seas tú el que lo hace es un detalle distinto.

Los rubores se le asoman sólo en raras ocasiones.

No hay olas. Ese mar no se aquieta: es la quietud.

 

Ella dibuja sus labios. Sonríe. Bebe unos sorbos.

En la luna se reflejan hasta sus mínimos actos.

Tu bitácora me dice todo aquello que esperaba:

que acabaste con la copa. Que ya es hora de marcharse.

 

 

El día llegó

                                     ... a Cádiz

 

Los tranvías del carnaval se recogen al alba.

Nace un nuevo sol sobre la playa. Los estibadores

acuden al puerto con la piel amanecida.

Huele a geranios y a sal, duerme el delirio.

 

Colombina no está, dicen que se ha ido

a soñar junto al mar, pero dicen también

de un estudiante que la busca en la Alameda,

y que sus pasos lloran lágrimas de confeti.

 

Tú, mientras tanto, prepara una mentira

porque el padre, en su espera, está furioso.

No es nada en especial, es tan sólo la mañana;

 

su inexorable luz borró el hechizo. Ahora

ríen a gritos las gaviotas desde el acantilado.

El día llegó, y su razón ya no entiende de estrellas.

 

 

Conversación al borde de la piscina

 

Muere la tarde, detrás de todos ellos,

porque algo se los llevó, pero ahora

quien nos vea tan sólo oirá un murmullo

junto al agua, tan tibia, tan apagada.

 

Hace rato que las golondrinas

volaron en rasante sobre este océano nuestro.

Se alimentaban de insectos en naufragio.

Luego cedieron su espacio a los murciélagos.

 

Muere la tarde. Un arco de neón quieto en el cielo

es un hermoso signo en una página que anochece,

un auriga de suave viento que aplaca el ardor en esta vega.

 

Nuestros labios van cesando hasta el silencio.

Posiblemente duerman las palabras,

y sueñen con los nombres de los seres que quisimos.

 

 

Juan nos evoca su alma
mientras oscurece

 

Había bebido antes de su fuente

pero esta vez en un descuido el alma me llevó.

Maltrecho corría sin saber adónde ir,

sin saber por qué embriagarme, sin saber.

 

Supuse que, abrigado en la penumbra,

las aves de su huerto mi silueta no verían;

eso hizo que mi corazón, desatinado, se agitara,

que me agostara el alma, que me diera sed.

 

Me desperté de un salto. Todo estaba tranquilo.

Habían pasado tres, cuatro, cinco horas.

Los niños no se oían. La noche iba cayendo.

 

Por parques que cambiaban de lugar,

por veredas más apenadas que de costumbre

no pude dar un paso más, y me desvanecí.

 

 

Puente de hierro

 

A través del viejo puente de hierro,

de la hermosa visión del campo sobre el puente,

toda la tarde intensa como la noche

porque el sol se marchaba sin que pudiésemos irnos.

 

A través de su viejo armazón venía el vértigo,

que allá abajo entre encinas el agua corriera.

Tan rotundos arriba y abajo, y nosotros

como pájaros en bandada que surcaran el aire.

 

Como aves arremolinadas por el vacío,

dormidas volaban soñando un puente erguido

que lleva trenes por valles de la sierra oscura.

 

A través de aquel puente yo solía...

Pero no. Quien cruzaba ese puente de hierro

era un niño feliz con su padre, bajo el viento de los arreboles.

 

 

Rompen las olas del invierno

 

Rompen las olas del invierno

en este corazón que aquí se oculta;

dulcemente el frío se apodera del jardín

pero tus besos, suaves, me ofrecen notas breves.

 

No se inquietan mis ojos. Son estanques

que abriga la noche, bellísima, agazapada

en un desván de nombre olvido.

No se inquietan tus senos, y es hermoso imaginarlo.

 

Rompen las olas del invierno

en este acantilado donde me dejas,

porque es tu sino apagarme de abandonos,

acariciarme, dormirme, darme a las nubes.

 

Sólo unas horas más para perder la década,

que yo también me he de morir con ella;

y mi piel, que rehizo su color

habrá de visitar tus fondos sin tardanza.

 

 

Aves

 

Pájaros en la elegancia, sagaces fieras.

Nubes del abandono, océanos sobre mi cabeza.

Flor que nace en el ocaso, qué dulce

su aroma cuando vas enloqueciendo.

 

Olas que te adormecen, las de mi sangre.

Brumas en tu ventana, tocando sus cristales.

Oscuridad en el cielo de tu habitación;

sólo fulgen las estrellas que dan a tu sueño.

 

Así es la escena: la luz del cinematógrafo

llegó a tus pupilas, te dejó un mensaje olvidado,

una nota amarillenta dentro de las partituras.

 

Entre los pájaros de la elegancia

suele darse un canto extraño, y es que su voz

no conoce el fin del otoño. Tan sólo lo contempla

 

 

In sinu urbis

 

El corazón de la ciudad es un gran río,

una incesable lámina sobre la cual

la tierra de los parques flota, entre la cual

las ruinas de nuestros padres son atlántidas a la deriva.

 

El corazón de la ciudad es un denso tumulto,

es un templo de voces de mercaderes viejos;

andar sus calles lleva un cálido peligro para el viajero,

para todo el que sangra en las cuchilladas de un silencio en desmesura.

 

El corazón de la ciudad es el temblor de la piedra

lacerada en las noches de los aconteceres, porosa.

Al derretir los cuarzos de la geometría,

al crecer en la penumbra, al desacato de la luz en gritos.

 

El corazón de la ciudad es una rugiente atalaya,

un monte sagrado, un mirador de la bahía.

Por sus naranjos corren veloces los caballos de la historia

buscando océanos de agua dulce donde apagar su sed.

 

 

Pantópolis

 

Aunque no quieras la ciudad

tendrás que consentirla paso por paso

aunque se le vayan zarpazos contra tu rostro,

porque tú eres más de ella que de esta ánima donde respiras.

 

Aunque te manche, aunque pase cortándote en las manos

la ciudad te entregará cuerpos para alimentarte.

Déjala que se acerque y te bese con sus vestíbulos,

déjala que ponga envenenados signos en sus corredores.

 

Aunque te extenúe, te desprenda, te desmultiplique

solamente la vida en la ciudad se asoma,

vagamente se deja imaginar sin vértigos.

 

Aunque caigas postrada de tanta ciudad seguida

abrázate a ella. Esa descomunal alfombra

conducirá tus ojos al extremo oriente de la lucidez.

 

 

De magos en confidencia

 

Hablo de niños que se pierden en un museo de Ciencias Naturales

cuando cae la tarde

y el cielo tiene ojos de suave color violeta.

 

Ellos, que me buscaron porque querían de inmediato

la fuerza de un avión transoceánico,

desconocían su propia debilidad. Por eso,

por apiadarme de su deambular errante,

los convertí en poderosos reactores donde un corazón sangriento

late en el interior de un fuselaje.

 

Y por ser sus abuelos

depositarios de la única sabiduría ajena a ellos

evitan el engañoso rastro entre los dinosaurios de cartón piedra;

acuden apoyados en bastón

a la taquilla de un cine de verano

con la cabeza tibia, aunque resueltos a seguir el firmamento.

 

Al frente,

la joven hace frente al malvado que asesinó a su hermano.

Arriba, dos luces parpadeantes

ponen rumbo a un punto lejano del planeta.

 

 

El entonces

 

Proseguí con mi labor al conocer la aprobación del viento y de la lluvia,

y dibujé la sombra del ágata o compuse un rezo a los pétalos del jacinto.

 

Dejé a la muerte entrar en mi aposento porque venía cansada.

Le di a beber la sombra del ágata para acallar el delirio de su sed

(para reconciliar mi sangre derramándose con la lluvia detenida en el aire).

 

La dejé dormir tras arroparla, y proseguí con mi labor

de dibujar el viento con los pinceles narcóticos del anocheciendo.

 

Por aquellos años ninguna madre habló de alimentarnos.

Tampoco soñábamos, porque la hora del sueño se inventaría más tarde.

 

Hermoso fue aquel tiempo ofrendado a la piel de la flor,

a la respiración profunda de la nada que dormía a solas

(lo hacía sobre un colchón de vientos que cruzaban el desfiladero de la mentira).

 

 

La era Ohm

 

La noche del siglo XX sueña con la luz eléctrica.

Es tan sólo la orilla para un cielo oceánico.

Es sólo una leve mancha de suaves temperaturas

que irradia mi corazón abriéndome los ojos.

 

Para su maldad no existen emboscadas.

Robinson planetario, un extraño entre millones.

Vengo en calidad de iluminado. Respiro

atento al sigilo. Mas imposible. Mas dramático.

 

Que me cubra el llanto ya no importa.

Todo organismo sucumbe al medio. Se deslee.

Este de acá aborda un argumento.

 

Lo demás, una flagrante traición. Busca

con ansias una acometida de corriente alterna. 50 herzios:

idóneo para alumbrar una corteza cerebral ahora en tinieblas.

 

 

Angosto paisaje del saber

 

Ahora mismo acabo de hablar con tu sombra.

Esa oscura caverna, ese arcángel telefónico

me dijo de ti lo que tú misma ignoras.

Da vértigo verlo aprender a ese animal,

cómo escarba, como anota minúsculos algoritmos

entre los pliegues de su cuerpo ardido.

 

Tu sombra me da miedo, sus tardes me horrorizan.

Todo esto se desmembra sin embargo bajo el peso

de los anticlinales, una mortal evidencia

que inunda los espacios imposibles abiertos entre horas sucesivas.

Tribus enormes de líneas tangenciales,

crepúsculos sagaces de muy diversos signos.

 

Finalizaste el trago, dice tu voz molesta,

y has levantado el aire para buscar su andamio.

Pero qué innecesarias fábulas han de borrar el mundo.

Tarde o temprano, vuelta una esquina,

encontraremos juntos al siglo y su conciencia

entregando sus carnes maltrechas bajo un foco mortecino.

 

 

Frío sereno

 

Otoño en el Ártico: tarde de un cielo brutal,

anaranjados velos de luz sobre las hojas secas.

Mi corazón (hablo ahora por ti) se vuelve paisaje.

Parece inevitable que debo ser noviembre, y creo que debo.

 

Frío otoño —voy diciendo. Para que todos se oculten

en el hogar, bajo suaves mentiras.

Para verte en la calle mejor acércame tu rostro

y dame calor sin ser mi amante. No es preciso.

 

Rojo en el cielo y rojo en tus mejillas,

de tal manera el año pierde luz y se consume.

Mi alma (hablo por ti) no es sino sucesión de días.

 

Otoño en el Ártico: probablemente un siglo

glacial nos habla susurrando. A bordo de mi nave

juntos iremos a la noche quebrando el hielo en que se encierra.

 

 

Highway Romance

 

Cruza la sierpe de faros

por el Rubicón del alba.

Llegan voces de los tronos

en frecuencia modulada.

 

Es espesa aún la sangre

por el sueño, su marea

hace cansado el latido

sordo de la carretera.

 

Mancha el aire las colinas

con el color del olvido.

Bajo el cristal, y nos hiere

la ahogada daga del frío.

 

La distancia es ahora un fuego

que crepita en las pupilas;

el horizonte, una línea,

flor de eterna pesadilla.

 

Cruza la sierpe de faros

por el Rubicón del alba.

Quedan algunos soldados

en el campo de batalla.

Su armadura en el arcén

ya es chatarra ensangrentada.

 

Decidme, tronos y arcángeles

si he de cumplir el camino.

Qué ofrendas debo llevar

—susurradme en el oído—

a esta diosa que concede

pronto fin, fugaz destino.

 

 

Nada mejor que hacer

 

Quiero viajar conmigo mismo

por profundas depresiones

donde duela la luz

y crezca la hierba

sobre los automóviles

para que nuestros pasos

se deshagan, se desmenucen,

desaparezcan bajo la levedad

de la compañía y la esperanza

porque tanto dinero en mi alma

no está bien derrochar sino

que ha de servir para alimentar

a los indefensos labios

que osen besarme los próximos

doscientos o trescientos días

a pesar del gris que aceche

en las simas del parque,

si es que no hay nada mejor

que hacer para dejar de estar aquí.

 

 

La razón del centinela

 

De esta provisionalidad,

de este boceto de quehacer

llega a escocerte la esperanza.

Y se te vuelve espera.

 

Lo cotidiano se hace así

un malvivir entre pequeños infortunios.

No es el zarpazo avieso del destino,

es la carcoma de la felicidad soñada.

 

La soledad es una bruja, es una araña,

es nadar sin que haya orilla.

Si es por buscar cómo seguir con todo,

 

o me olvido de que existo

y soy un animal dado al invierno,

o me desato, ataco y huyo, como animal herido.

 

 

Triunfo del otoño

 

Enamorarse. Desatender a todo.

Cerrar el libro para soñar contigo.

Mirar al cielo y ver pasar las aves.

No despertar porque la tarde cumpla.

 

Me dijeron que era muy tarde

para volver del parque sola.

Apenas los miré y no dije nada.

El cielo, las aves, el libro, pero ningún recuerdo.

 

Desde el balcón, ahora en la noche.

Desde el puente. Desde lo que siempre

me fue propio: pasear, enamorarme.

 

Triunfo del otoño. Cada noviembre

una parte de mí queda contigo.

Quien eres, de qué estás hecho, aún sigo ignorándolo.