Convéncete

 

Por causa de unas pastillas

me he dormido en tus brazos, y tú,

que eres joven (que tu cuerpo fosforece)

maldices una y mil veces

el haberme conocido.

 

De nada sirve que mencione la elegancia,

con tus ojos no hacen falta semejantes

consideraciones. La noche

sabe a sorbos de jazmín allá en la calle;

no vayas a olvidarlo.

 

Por culpa de la literatura,

por este atropello de palabras inseguras

a ti la vida ya no te sale azul como querías.

 

Déjame tal como estoy. Tus senos

prefieren, claro está, la serenata que no llevo.

Prefieren —convéncete— un fin de siglo más adecuado.

 

 

Ojos tristes de la primavera

 

Ojos tristes de la primavera,

me observo en su reflejo como vencido

personaje medieval de un futuro extraño,

soldado de la soledad azul de mayo.

 

Tristes ojos de la primavera,

quietud en los radiantes pétalos de los claveles.

No sé por qué tanto verdor se ha derramado

si duele el respirar como una herida abierta.

 

Primavera de los ojos tristes.

Llegaste para sorprenderme en mis acechos

y sólo susurraste brisas ya lejanas.

 

Si he de vivir las horas que acaezcan,

mejor es que me oculte antes la noche

con su antifaz de azabaches marchitos.