El verano

 

Ese horizonte azul se lo llevó mayo,

ahora prefiero

tardes rotas de luz

y yo solo en la penumbra fresca,

dulces noches que tejen los grillos lejanos,

noches donde encontrarme con mi antiguo joven

para confundirme con él

y robarle ya sin descuido

sus versos,

sus sueños largos.

 

Generosas horas de agosto,

lunas que me reflejáis del cielo,

llevo ahora el vértigo,

el escarpado descanso a un mar sin playa

adonde el fuego es agua en dunas.

Por el nado ya, inquieto

mas ebrio de sosiego, que ese horizonte

azul que se llevó mayo

es ahora un cielo negro con luceros,

una noche estelada, densa,

un paisaje estampado de firmamentos.

 

 

Navalá, nº 2

 

 

 

De aquí a cien años, todos calvos

 

Habrá necios que digan:

nunca suplantado por la máquina.

Y tú, que seguro lo has escuchado, meditas

por un instante mínimo, y el sudor frío,

la ola de carne erizada te roza

te roza...

 

Pero ¿qué pasará si otro vértigo ajeno llega,

cae la tarde, estás adormecido,

Allen lo hizo todo por ti mientras dormías,

Margot Hemingway te besa

y tus deberes para con nosotros están cumplidos?

¿acaso entrarán las hordas de Atila en tu cafetera?

¿se teñirá de carmín el auricular del teléfono?

¿gritarás, dime, gritarás?

 

No has de dejar que el río se lo lleve todo,

perder la ocasión de ser una novia de las de Marc Chagall.

Corre si quieres, pero afuera todo discurre plácido,

los días y las noches pasan ahora

y cada vez más lentamente.

Dime pronto si has vuelto a escuchar la voz de aquel necio

o quedó abstraído en la eterna espiral del sumidero del lavabo.

 

Si es posible, los goces no pasan,

toma el coche y ven en dos minutos, ahora

se pasea. Si quieres

esta noche me hago una coleta. Tú también

estás precioso. ¡Qué risa!

¿Cómo le sentaría a Allen la coleta?

 

 

Navalá, nº 4

 

 

 

En torno a la verdad

 

La verdad de un poema está fuera de él

porque el poema es sólo un signo.

Pero la verdad de un hombre no está en su interior

porque ese hombre es sólo un hombre,

y su verdad coincide justo con él.

 

La verdad del amor se aparta del propio amor

porque el amor carece de siluetas

y sólo cabe suponerlo al mirarlo en la distancia.

Nunca hablamos de personas, sino de amor

y el amor es un puro asunto de personas.

 

La verdad de existir es toda una paradoja

porque no existe por sí misma.

Soy, pero no me atrevería a demostrarlo.

No sé donde empiezo. No sé si empiezo.

No cabe hablar de verdad donde todo muda.

 

La verdad del mundo es, por contra, rotunda.

Hay mundo sin mí y a pesar de mí.

Pero esto sirve realmente de poco.

No me deja camino para hacer nada

ni aun me lo niega. Puedes llamarlo indiferencia si quieres.

 

 

Astro, mayo 1992

 

 

 

Blando amanecer

 

Es sólo vago deseo o sueño sin forma

porque no es suya nuestra espera. La noche

nunca hizo de él un porvenir: creció solo

o crecerá, pero no atacará de frente,

pues al saber del amor y sus estancias

llenas de vicisitudes

vuelve a tomar el arma entre sus manos

y la deja caer en este abismo nuestro,

que ella sola buscará, sin apuntar,

un hueco azul de un corazón cansado.

Y morirá, porque es su fuente

su torpe alimento y su palabra.

 

Pero no debo hablar sobre eso ahora

y es que la luz, cohibida entre la noche

me ha hecho morir un poco

o acaso un poco más, como desde hace tiempo.

No hay muerte en el anhelo, el amarillo

ha de venir, llegar hasta el estrecho

pasaje de la mente y continuar

hasta el instante en que

o quede una flor conmigo

o únicamente la flor permanezca,

mas no yo solo y sin ella.

 

 

Astro, junio 1996

 

 

 

Esta ilusión

 

Esta ilusión que siento ahora por ti

es antigua y nueva a la vez:

antigua porque siempre la deseé,

nueva porque la encuentro

cuando menos lo esperaba.

 

Y es tan intenso el deseo

sólo de oír tu voz ya enronquecida

que mi mente se escapa y desvaría,

que vuela hasta tu casa, y pone un beso

en tu frente dormida, en tu secreto.

 

Que sueño, en mi vigilia, con la imagen

risueña que vino a conocerme.

Que imagino, por tanto, tu figura.

Que ya nada me importa. Desde un tiempo

pasado regresaste

(y no te presentí, no he de negarlo).

 

Te perderé, sin duda, pero ahora

quiero volver a verte.

Al fin lo conseguiste:

soy aquel que te sueña. Soy, en fin,

esa foto que faltaba

en el álbum de aquellos que te amaron.

 

 

Astro, 2001

 

 

 

Porque la luz se marchó

 

Porque la luz se marchó cuando el amor ya había concluido,

y bajo esas tinieblas, próximo a dar la una regresó ella a su hogar,

tuvo a bien recalar en el abandono su nave de silencio,

desembarcar en la isla oscura donde la lluvia

ilumina el cielo plomizo con un tejido de aguas que sólo entre él se adivina.

 

Es tarde; no deja de comprenderlo. Y sin embargo,

los pájaros-soledad acuden presurosos a la playa,

con su sordo graznido reclaman del navegante su presencia.

 

Extraña es por nocturna toda singladura. Más aún cuando la lluvia cesa,

a lo lejos se escucha el ronco tren que parte camino a las montañas,

y un batir de alas se desata enloquecido desde el horizonte de sus sienes.

 

 

 

Suave anochecer de junio

 

Anochece sobre las luces de esta ciudad

y es experiencia para unos cuantos sólo

que esperan que vendrá mañana

como el único amor que les queda.

Canta un muchacho para decir

la soledad, advertida, necesaria ya,

mi Rafael, antiguo niño sorprendido

por la forma en que acontece

esta insignificante fecha del calendario.

Salimos del cine y está anocheciendo

sin que quepa esperar nada nuevo

cuando el misterio se ponga; y cae la tarde

besada por un azul oscuro

o más aún por invisibles labios

de quien no conocemos, pero que teje el hilo

que nos lleva a caminar por donde quiere

hasta que el vello se nos eriza

a la vuelta de una hora insignificante

de principios de un junio fresco por ventura.

 

 

Espéculo, nº 9

 

 

 

En el Cerro Muriano

 

Querido Javier: las copas de los árboles

están ahora más tristes, porque el tiempo

ha dejado manchadas sus hojas.

No fue preciso abandonar al olvido

las excursiones hasta el fondo del bosque,

pero nuestro descuido hace mella en nosotros,

y pensar qué distinta es la infancia

ya no sirve para nada.

 

Tal vez otros niños se pierdan ahora

en el mudo remanso que formaba el arroyo.

Todo sigue resultando igualmente bello.

Pero hay algo terrible bajo esta imagen:

que no somos nosotros los que ríen en la espesura.

Aquello fue hace años. Búscalos, si quieres,

a los niños de entonces

y verás que hace años dejaron el planeta.

 

 

Propaganda literaria, nº 1

 

 

 

Extramuros de la madrugada

 

Somos viajeros de la galaxia,

transportados en viejas diligencias,

hijos ingratos de una ciudad de esclavos

que escapan al vacío tras conciliar el sueño.

 

Robamos el fuego de los astros,

no hay lumbre ni agua en nuestro lecho.

El mar nos sabe a muerte, son sus uñas

suaves puñales de una caricia eterna.

 

Somos sillares que abandonan

su exacto emplazamiento en este templo.

Diez centurias hace, cuántos eclipses,

que nuestro padre Al-Mansur se volvió a Oriente.

 

Y aquí nos tienen, insomnes,

precipitados al pozo, varados en la tiniebla.

Esta madre putrefacta puso un brocal ambicioso.

Luego cegó sus portones con tubos de rayos catódicos.

 

 

Propaganda literaria, nº 3

 

 

 

La noche del topacio

 

Se había dormido en el sueño del sur.

Vivía un inconexo país de fantasías

por donde caminaba golpeando latas con el pie.

Insólita imagen para un soñador del sur.

 

Soñó el sur con el norte frío y blanco,

soñó con ventiscas y ciudades fantasmales,

calles conocidas en otro tiempo lejano

enterradas ahora por la tormenta de nieve.

 

Se había perdido. Rodaba entre la noche.

Su luna silenciosa. Pareció oir un latido.

Luego vio el brillo que nunca imaginara.

 

Miró tras los cristales. Un corazón brillante

le dijo: -te conozco -aquel semblante suave

y aquel cálido abrazo

que deshizo los cristales de una noche de topacios.

 

 

Propaganda literaria, nº 4

 

 

 

El otro abril

 

No era este abril lo que buscabas, Alonso.

Aldonza cursa ya derecho en la capital.

Y tú, encerrado en casa, hastiado

de tantos arreboles que desprende este estertor de invierno crudo.

 

No era este abril, y qué más da. No hay otro.

La primavera es así, furiosa, despiadada;

aventa la preñez de las flores con aires de muerte,

y nos anega de aguaceros, para que le demos hijos.

 

No era éste, Alonso, pero abril no pide permiso.

Tu hogar pierde sus muros. Es ley de vida,

dicen. Y el universo exige verte cuanto antes.

 

Definitivamente, tu pueblo -como tal- es podredumbre.

Deja ahora de pensar en él. Hay voces de niños,

escandalosas voces de inocencia que te llaman al pie del balcón.

 

 

Propaganda literaria, nº 5

 

 

Canción de los veinte

 

Era lánguida tal vez pero era como una risa

Como la risa que les da a las muchachas que visten ojos pálidos y nacaradas mejillas

Escuálidos miembros agitados al viento de un piano con el que frotar la espina dorsal de un conquistador de suite

Llámesele Rodolfo Valentino Llámesele King-Kong

Llámesele a la lánguida noche desde el cristal tembloroso de la estancia

Como del cuarzo a la luz de la candileja o Como el pianista que guiña su ojo de muy negro carbón a las muchachas que se dejaban caer

[sobre su instrumento

Dócil instrumento dio a la velada el color lapislázuli en la frente del ilusionista

O el blanco perla de los conejos que brotaban de su chistera

Negra como los ojos del pianista

Negra como el frac del camarero que sirve pequeñas copas de anisado licor entre los espectros allá presentes

Presentes a la luz parpadeante del celuloide claroscurecido

Del celuloide que acariciaba los oscurísimos ojos de unas cuantas muchachas de barrio

que apretaban a Rodolfo Valentino entre sus almohadas.

Propaganda literaria, nº 7

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