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Elegía
La niña, rosa sentada. Sobre su falda, como una flor, abierto, un atlas.
¡Cómo la miraba yo viajar, desde mi balcón!
Su dedo, blanco velero, desde las islas Canarias iba a morir al mar Negro.
¡Cómo lo miraba yo morir, desde mi balcón!
La niña, rosa, sentada. Sobre su falda, como una flor, cerrado, un atlas.
Por el mar de la tarde van las nubes llorando rojas islas de sangre.
Rafael Alberti (1902-1999) Marinero en tierra (1924) |
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Comentario al poema Elegía
Este poema aparecía al final del primer libro de un gaditano trasladado a Madrid ―de ahí su título― y de un pintor convertido en poeta. Tenía sólo veintidós años cuando escribió Mar y tierra, o Marinero en tierra, como acabaría titulándolo, pero el poemario le valió entonces nada menos que el Premio Nacional de Literatura. Para su composición se adscribió al neopopularismo impulsado por Ramón Menéndez Pidal a través de sus estudios sobre la lírica tradicional, una corriente que calaría hondo en la Generación del 27 y que tendría como obra de referencia el Romancero Gitano de Federico García Lorca. Sin embargo, más allá de su carácter popular, Elegía nos fascina por su sentimentalidad minimalista. De hecho supone todo un reto concentrar en una estructura tan aparentemente simple una escena que al mismo tiempo deviene en relato. El poema se construye sobre dos secciones paralelas, cada una de ellas formada por tres estrofas de arte menor: una cuarteta con un verso de ocho y tres de cinco sílabas, de los cuales el tercero rima con el pareado que le sigue o le precede, y completada en una tercerilla. La diferencia entre ambas secciones se limita a las tercerillas y a una o dos palabras en las otras estrofas, aunque ese ligero desplazamiento léxico constituye, como puede verse, el fundamento motriz de la composición. La primera sección ofrece una estampa feliz, la de la niña “rosa” cuyo dedo navega por el atlas abierto sobre su falda “como una flor”. Ambos elementos, el libro y la protagonista, quedan así enlazados bajo una amplia metáfora floral. Sigamos por un momento el imaginario periplo del dedo transmutado en “blanco velero”: desde las Islas Afortunadas remonta el Atlántico, atraviesa el estrecho de Gibraltar ―¿habrá atracado previamente en El Puerto de Santa María para visitar al infante Alberti?― y se interna en el Mediterráneo, rumbo al estrecho del Bósforo, para morir finalmente en el mar Negro. Obsérvese la potencialidad metafórica que subyace en la tercerilla: el velero “blanco” viene a morir, a concluir su travesía, en el mar “Negro”, pero al mismo tiempo se da una metonimia de la parte por el todo, de la muerte del dedo por la de la niña. En el primer pareado el poeta voyeur ve “viajar” a la protagonista. En cambio, en su correlato de la segunda sección la ve “morir”. La muerte ha desbaratado el hechizo: ahora el atlas es una flor cerrada, y ahora la última estrofa destila la más amarga tristeza: ya no nos encontramos con un velero blanco, sino con la terrible realidad de la ausencia plasmada en el ocaso, cuando los arreboles a los que la prosopopeya les concede un llanto fúnebre ven sus lágrimas convertidas en “rojas islas de sangre”. Del rosa al blanco, y del negro al encarnado, el joven Alberti realiza mediante este sencillo juego cromático un soberbio ejercicio de arquitectura poética que causaría la envidia del otro Alberti nacido en Génova cinco siglos atrás. |
Soneto 10ºYolanda goza bebiendo versos, siente una extraña satisfacción al ver reflejos de su emoción en el color de sus labios tersos.
Los que la aprecian están inmersos en una grave preocupación. Nadie comprende que su atención ande perdida en libros dispersos.
Y sin embargo, ella imagina que traza el vuelo del colibrí libando flores. En una esquina
dejé un soneto y, cuando volví, hallé unas marcas de vaselina y algunas plumas color rubí.
Federico Abad |