En el Cerro Muriano

 

Querido Javier: las copas de los árboles

están ahora más tristes, porque el tiempo

ha dejado manchadas sus hojas.

No fue preciso abandonar al olvido

las excursiones hasta el fondo del bosque,

pero nuestro descuido hace mella en nosotros,

y pensar qué distinta es la infancia

ya no sirve para nada.

 

Tal vez otros niños se pierdan ahora

en el mudo remanso que formaba el arroyo.

Todo sigue resultando igualmente bello.

Pero hay algo terrible bajo esta imagen:

que no somos nosotros los que ríen en la espesura.

Aquello fue hace años. Búscalos, si quieres,

a los niños de entonces

y verás que hace años dejaron el planeta.

 

 

Extramuros de la madrugada

 

Somos viajeros de la galaxia,

transportados en viejas diligencias,

hijos ingratos de una ciudad de esclavos

que escapan al vacío tras conciliar el sueño.

 

Robamos el fuego de los astros,

no hay lumbre ni agua en nuestro lecho.

El mar nos sabe a muerte, son sus uñas

suaves puñales de una caricia eterna.

 

Somos sillares que abandonan

su exacto emplazamiento en este templo.

Diez centurias hace, cuántos eclipses,

que nuestro padre Al-Mansur se volvió a Oriente.

 

Y aquí nos tienen, insomnes,

precipitados al pozo, varados en la tiniebla.

Esta madre putrefacta puso un brocal ambicioso.

Luego cegó sus portones con tubos de rayos catódicos.

 

 

La noche del topacio

 

Se había dormido en el sueño del sur.

Vivía un inconexo país de fantasías

por donde caminaba golpeando latas con el pie.

Insólita imagen para un soñador del sur.

 

Soñó el sur con el norte frío y blanco,

soñó con ventiscas y ciudades fantasmales,

calles conocidas en otro tiempo lejano

enterradas ahora por la tormenta de nieve.

 

Se había perdido. Rodaba entre la noche.

Su luna silenciosa. Pareció oir un latido.

Luego vio el brillo que nunca imaginara.

 

Miró tras los cristales. Un corazón brillante

le dijo: -te conozco -aquel semblante suave

y aquel cálido abrazo

que deshizo los cristales de una noche de topacios.

 

 

El otro abril

 

No era este abril lo que buscabas, Alonso.

Aldonza cursa ya derecho en la capital.

Y tú, encerrado en casa, hastiado

de tantos arreboles que desprende este estertor de invierno crudo.

 

No era este abril, y qué más da. No hay otro.

La primavera es así, furiosa, despiadada;

aventa la preñez de las flores con aires de muerte,

y nos anega de aguaceros, para que le demos hijos.

 

No era éste, Alonso, pero abril no pide permiso.

Tu hogar pierde sus muros. Es ley de vida,

dicen. Y el universo exige verte cuanto antes.

 

Definitivamente, tu pueblo -como tal- es podredumbre.

Deja ahora de pensar en él. Hay voces de niños,

escandalosas voces de inocencia que te llaman al pie del balcón.

Canción de los veinte

 

Era lánguida tal vez pero era como una risa

Como la risa que les da a las muchachas que visten ojos pálidos y nacaradas mejillas

Escuálidos miembros agitados al viento de un piano con el que frotar la espina dorsal de un conquistador de suite

Llámesele Rodolfo Valentino Llámesele King-Kong

Llámesele a la lánguida noche desde el cristal tembloroso de la estancia

Como del cuarzo a la luz de la candileja o Como el pianista que guiña su ojo de muy negro carbón a las muchachas que se dejaban caer

[sobre su instrumento

Dócil instrumento dio a la velada el color lapislázuli en la frente del ilusionista

O el blanco perla de los conejos que brotaban de su chistera

Negra como los ojos del pianista

Negra como el frac del camarero que sirve pequeñas copas de anisado licor entre los espectros allá presentes

Presentes a la luz parpadeante del celuloide claroscurecido

Del celuloide que acariciaba los oscurísimos ojos de unas cuantas muchachas de barrio

que apretaban a Rodolfo Valentino entre sus almohadas.