Bisectrices (parte I)
Tu carne eterna así es el monstruo de la tormenta tu carne fría ciega está por la pasión del rayo he visto brujas sobre escobas surcando el cielo mujeres atroces espectros de la tarde muy gris desafían la luz geométrica, instantánea, tu carne es densa en el aire fresco hay un monstruo erecto en la tormenta el trueno retorcido en las alas de los vencejos gatos que erizan sus uñas el vello erizado de tu carne, joven, sin murmullos, solos en la casa grande, retumbando viene el furioso latigazo por los corredores del firmamento.
Bisectrices (parte VI)
Tarde de verano, tarde de colores, aire detenido y calor deshilachado, niños jugando como perros que trotan y ladran, buque que me lleve a las islas de Africa.
Filetes eternos de mi carne sobre mis huesos, perfecta envoltura si quiero ver mis huesos miraré mis dientes pero debo ponerme ante el espejo y sus vicisitudes.
Tarde de un verano y de sus ventiladores esta tarde me dormí y no podía despertar qué harán los demás yo he leído cuatro o cinco relatos. He fumado muy poco.
Noche de mesías
Mi intención fue pasar desapercibido, no obraba en mí el empeño de desconcertar sino de crear una grata confianza que a todos les trajese calor navideño.
Me sentí turbado en los comienzos pero pronto salí al paso con frases amables y el tiempo y los licores consumaron el resto de un teatro de guiñol con corazones vivos.
Eran horas de sonrisas y de alegres canciones distinto todo al mundo de allá en el firmamento. El hilo del recuerdo se tensaba fuertemente y perdía algunas hebras por las pupilas hermanas.
En la alta madrugada, mi pasión y la de todos y el naufragio en la misión que me trajo a este planeta. Ya ebrios y amorosos, derrotados de abrazos con la radio perdida entre los setos del jardín nevado.
Mi recuerdo en adelante se deshace en la niebla flotando sobre el suelo, llevando nuestras danzas. Penumbra y bienestar, intrépido consuelo para un cuerpo prestado y oscuro de cansancio.
Luego el amanecer, veinte ojos entreabiertos y un rostro indescriptible que me hizo sospechar cómo nos descubrimos, de súbito al mirarnos: viajeros de galaxias que volvimos a coincidir en Nochebuena.
GuadalquivirHe vestido al río. Lo he navegado paciendo en sus cristales.
He vestido al río. Me he hundido en su manto y he levantado su lecho con los dedos.
He vestido al río. Fui a su horizonte y robé su sol poniente y lo rompí y esparcí sus llamas por el agua.
He vestido al río. Corrí a su valle y le puse riberas nuevas paraísos y jardines colgantes que traje de Oriente.
He vestido al río. He desviado su cauce, lo he hecho discurrir por mi casa y mi cintura.
He vestido al río. Le he dado una noche infinita para alumbrarlo de estrellas.
Rabia
Tratar de hacer una definición de tu rostro sería indefectiblemente unirlo a la imagen que de él tengo después de tres días de tu ausencia.
Tratar de escribir alguna palabra que haga mención a ti es demorarse por un terreno resbaladizo perderse en el pantano de la exigua certeza de volver a encontrarte.
Probar a decir tu nombre: Carmen. Es un juego bobo cuya aproximación al proceso creativo se asienta únicamente en el desasosiego que crea en mí tu existencia.
Aguardar que al borde de unos días volveré a tenerte frente a mis ojos y que me hables de un modo u otro es una lenta tajada en las venas que no oso saborear.
Sentir que tu existencia está destrozando el mobiliario que con harta paciencia me ha poblado el corazón a través de los tiempos más recientes es apretar los puños con ácida rabia
pero más ácida aún la que me hace sentir que tu presencia en mi vida ha acabado antes de comenzar siquiera.
Amigo de las calaveras
Soy el amigo de las calaveras. Me vienen a buscar al arrullo de la madrugada para pedirme que les componga sus cantos de muerte. No digo nada entonces. Dejo que el piano sueñe con esos suaves cráneos enmohecidos, y les cante nanas, y las acune en la paz de la mecedora.
Las calaveras sueñan arcángeles bellos porque el alma que un día se les escapó tiene esta imagen. Las calaveras aman la vida y sólo quisieran volar y volar, levantarse por la luz del amanecer y llamarme desde allí. -¡Amor! ¡Mi amor! -quisieran citarme desde el aire y yo iría rápido en busca de estos seres únicos.
Así son mis calaveras. No sé qué pensarán de cuanto he dicho porque a veces se enojan conmigo. Me arrancan entonces fragmentos de mi carne y luego los degluyen entre sus tripas de palo blanco. Así son mis calaveras. Y así el amor que me profesan y el que yo siento por esta familia desgarbada. Pongo por testigo a Dios de que las amo y emplazo a Nuestro Señor para que venga a amarlas a esta tierra podrida, solos El y Yo.
Contra las capitales
Unamos nuestras fuerzas para formar un frente un frente contra las capitales y sus arrecifes un frente que anude las arterias de la ciudad. Luchemos contra los parques luchemos contra las fuentes públicas y sus surtidores contra los acordes roncos de las alcantarillas. Peleemos porque el viento y el aire se alejen de las calles, la lluvia sólo al campo y el sol nunca se ponga bajo los ojos del puente. Después subiremos a arrancar de cuajo las azoteas no queremos pájaros que las sobrevuelen, no queremos ya ventanas, grandes ventanas y ojos para que nos miren. Se acabó. Digamos todos juntos: se acabó. Hay ya mucho dolor para que hablemos así, lágrimas no quedan, sólo la rabia, sólo el azahar de los naranjos de la noche de la calle entrañable en que se nos va el hilo de la vida minuto por [minuto y madrugada tras madrugada.
Ilegítimo ensueño
Inútil va a ser, inútil luchar contra el diablo que pugna por cerrarlos; dos ojos, únicamente dos ojos, invisible todo él y oscura su malicia puñal fina destreza en arrancar corazones, acecha sigiloso sobre nuestros cuerpos los deja inertes, rompe hasta el estertor y luego te habla te susurra al oído palabras de muerto. Imposible tal espera deshecha en sus principios. Un muñeco vacío, un vagabundo de arenas, el imposible desierto y su extensión imposible se apodera de ti, de toda la persona que en ti hallase para dejarte después como sendero abandonado cubierto de musgos y matojos de maleza. No le reclames no le pidas aquello que no te corresponde y déjalo tomarte en su única sentencia. Hecho esto no habrá frío azul, no habrá ira, sentirás el abandono exacto inevitable del mejor posible amigo, ese que, tal como tú, va a derrumbarse a tus pies roto descosido fulminado por un tiro que acabó con su vigilia.
La costa psíquica
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