Bisectrices (parte I)

 

Tu carne eterna

así es el monstruo de la tormenta

tu carne fría

ciega está por la pasión del rayo

he visto brujas sobre escobas surcando el cielo

mujeres atroces

espectros de la tarde muy gris

desafían la luz geométrica, instantánea,

tu carne es densa en el aire fresco

hay un monstruo erecto en la tormenta

el trueno retorcido en las alas de los vencejos

gatos que erizan sus uñas

el vello erizado de tu carne, joven,

sin murmullos, solos en la casa grande,

retumbando viene el furioso latigazo por los corredores del firmamento.

 

 

Bisectrices (parte II)

 

Tengo tal desamor a las noches de verano sin grillos

a ese volar solo a casa con el cuerpo vencido

solas las ilusiones se desvanecen...

 

(su sombra luchaba contra el murciélago perdido en la habitación

entró por la ventana como yo quise entrar

(me he levantado, he sentido su respiración

apoyado el oído en la pared delatora)

la sonrisa vuelve a repetirse todas las tardes

el perfil de los labios que te hablan

esa calma imposible en la noche presente

qué dolor de no ver y no ver

por aquí pasan olas de trenes. Para mí son perdidos,

la espera, se gasta, poco queda de espera.)

 

Tengo tal desamor a estas noches de verano sin grillos____________

 

 

Bisectrices (parte VI)

 

Tarde de verano, tarde de colores,

aire detenido y calor deshilachado,

niños jugando como perros que trotan y ladran,

buque que me lleve a las islas de Africa.

 

Filetes eternos de mi carne

sobre mis huesos, perfecta envoltura

si quiero ver mis huesos miraré mis dientes

pero debo ponerme ante el espejo y sus vicisitudes.

 

Tarde de un verano y de sus ventiladores

esta tarde me dormí y no podía despertar

qué harán los demás yo he leído

cuatro o cinco relatos. He fumado muy poco.

 

 

Noche de mesías

 

Mi intención fue pasar desapercibido,

no obraba en mí el empeño de desconcertar

sino de crear una grata confianza

que a todos les trajese calor navideño.

 

Me sentí turbado en los comienzos

pero pronto salí al paso con frases amables

y el tiempo y los licores consumaron el resto

de un teatro de guiñol con corazones vivos.

 

Eran horas de sonrisas y de alegres canciones

distinto todo al mundo de allá en el firmamento.

El hilo del recuerdo se tensaba fuertemente

y perdía algunas hebras por las pupilas hermanas.

 

En la alta madrugada, mi pasión y la de todos

y el naufragio en la misión que me trajo a este planeta.

Ya ebrios y amorosos, derrotados de abrazos

con la radio perdida entre los setos del jardín nevado.

 

Mi recuerdo en adelante se deshace en la niebla

flotando sobre el suelo, llevando nuestras danzas.

Penumbra y bienestar, intrépido consuelo

para un cuerpo prestado y oscuro de cansancio.

 

Luego el amanecer, veinte ojos entreabiertos

y un rostro indescriptible que me hizo sospechar

cómo nos descubrimos, de súbito al mirarnos:

viajeros de galaxias que volvimos a coincidir en Nochebuena.

 

 

Rabia

 

Tratar de hacer una definición de tu rostro

sería indefectiblemente unirlo a la imagen

que de él tengo después de tres días de tu ausencia.

 

Tratar de escribir alguna palabra que haga mención a ti

es demorarse por un terreno resbaladizo

perderse en el pantano de la exigua certeza de volver a encontrarte.

 

Probar a decir tu nombre: Carmen.

Es un juego bobo cuya aproximación al proceso creativo

se asienta únicamente en el desasosiego que crea en mí tu existencia.

 

Aguardar que al borde de unos días volveré a tenerte frente a mis ojos

y que me hables de un modo u otro

es una lenta tajada en las venas que no oso saborear.

 

Sentir que tu existencia está destrozando

el mobiliario que con harta paciencia me ha poblado el corazón

a través de los tiempos más recientes

es apretar los puños con ácida rabia

 

pero más ácida aún la que me hace sentir

que tu presencia en mi vida

ha acabado antes de comenzar siquiera.

 

 

Amigo de las calaveras

 

Soy el amigo de las calaveras.

Me vienen a buscar al arrullo de la madrugada

para pedirme que les componga sus cantos de muerte.

No digo nada entonces. Dejo que el piano

sueñe con esos suaves cráneos enmohecidos,

y les cante nanas,

y las acune en la paz de la mecedora.

 

Las calaveras sueñan arcángeles bellos

porque el alma que un día se les escapó tiene esta imagen.

Las calaveras aman la vida

y sólo quisieran volar y volar,

levantarse por la luz del amanecer y llamarme desde allí.

-¡Amor! ¡Mi amor! -quisieran citarme desde el aire

y yo iría rápido en busca de estos seres únicos.

 

Así son mis calaveras. No sé qué pensarán de cuanto he dicho

porque a veces se enojan conmigo.

Me arrancan entonces fragmentos de mi carne

y luego los degluyen entre sus tripas de palo blanco.

Así son mis calaveras. Y así el amor que me profesan

y el que yo siento por esta familia desgarbada.

Pongo por testigo a Dios de que las amo

y emplazo a Nuestro Señor para que venga a amarlas

a esta tierra podrida, solos El y Yo.

 

 

Contra las capitales

 

Unamos nuestras fuerzas para formar un frente

un frente contra las capitales y sus arrecifes

un frente

que anude las arterias de la ciudad. Luchemos

contra los parques

luchemos contra las fuentes públicas y sus surtidores

contra los acordes roncos de las alcantarillas.

Peleemos porque el viento y el aire se alejen de las calles,

la lluvia sólo al campo

y el sol nunca se ponga bajo los ojos del puente. Después

subiremos a arrancar de cuajo las azoteas

no queremos pájaros que las sobrevuelen, no queremos ya

ventanas,

grandes ventanas y ojos para que nos miren.

Se acabó. Digamos todos juntos: se acabó.

Hay ya mucho dolor para que hablemos así,

lágrimas no quedan, sólo la rabia, sólo el azahar

de los naranjos de la noche de la calle entrañable en que se nos va el hilo de la vida minuto por

                                                                                     [minuto y madrugada tras madrugada.

 

 

Ilegítimo ensueño

 

Inútil va a ser, inútil

luchar contra el diablo que pugna por cerrarlos;

dos ojos, únicamente dos ojos,

invisible todo él y oscura su malicia

puñal fina destreza en arrancar corazones,

acecha sigiloso sobre nuestros cuerpos

los deja inertes, rompe hasta el estertor

y luego te habla

te susurra al oído palabras de muerto.

Imposible tal espera

deshecha en sus principios. Un muñeco

vacío, un vagabundo de arenas,

el imposible desierto y su extensión imposible

se apodera de ti, de toda la persona que en ti hallase

para dejarte después como sendero abandonado

cubierto de musgos y matojos de maleza.

No le reclames

no le pidas aquello que no te corresponde

y déjalo tomarte en su única sentencia. Hecho esto

no habrá frío azul, no habrá ira,

sentirás el abandono exacto

inevitable

del mejor posible amigo, ese que, tal como tú,

va a derrumbarse a tus pies

roto

descosido

fulminado por un tiro que acabó con su vigilia.

 

 

La costa psíquica
-
Parte I -

 

Aquel a quien no nombro, que en mi sombra

se diluye,

nunca supo pasear junto a mi lado

por la orilla pura y calma de tus pensamientos.

 

Venían por este entonces

sigilosas las olas a mojarnos nuestros pies llenos de luz.

Mis padres,

los padres que habitaban la casa imaginada,

la que nunca construyeron,

pusieron en secreto dos alas en mis manos,

me arrojaron a la brisa para que te buscara.

 

Y te busqué,

hice por verte entre los argumentos de los libros que viví casi de niño,

y cuando te encontraba

caía la tarde y el cielo se cubría de arreboles.

Aquel a quien no nombro

no osaba abrir sus labios,

lo notaba preferir cantar a solas en sus bosques

de algas

de arena, de susurro,

de penumbra.

 

Tú fuiste en esos días

fuego, párpados inevitables,

el pozo profundo de un mar sin límites;

tú fuiste; ya te digo, y si después

seguí el dibujo suave de tu cuerpo con los dedos

no lo hice por pasión.

Lo hice para ver que, al despertar, fuera posible

que el sueño transmutara los metales de mi paz,

que hundiera aquel oscuro firmamento en mis entrañas.

 

 

La costa psíquica
-
Parte  II -

 

Mar puerto

terciopelo;

déjame asombrarme

hechizarme con las sirenas que me han rescatado de este sopor de tarde.

Ahora sólo deseo olvidar vuestra visión

porque el mar me ha exigido hundirme en él para ser suyo

y he aceptado.

 

Mar puerto

terciopelo;

asómate pronto a las playas de este abril neoceno

quédate y acaso conozcas el imborrable vínculo entre Adso,

Adriano y ese hombre oscuro quemado de olas,

todos juntos como un único animal complejo

ecuánime

caótico

que muge y se desbrava sobre un camposanto de conchas desoladas.

 

Mar puerto,

terciopelo.

No he de dejar por nada

sólo impedirte que escarbes en mi estuario postrero

alejarte más y más de este flujo y reflujo que está apagando la sed de mis marismas.

Compréndelo: no habrá más latitudes

las doy para el olvido

y, a cambio, las gaviotas,

su rumor

sus acueductos de aire

con qué dicha las veo bordar en sus vuelos paisajes de coronas que cubran mi descanso.

 

Mar y puerto,

o terciopelo.

Bendita estación que trajo el último abril,

bendita desde la paz de piélago abisal donde habita por fin mi alma dormida.

 

 

Escrito con destino

 

Me das miedo,

siento miedo por esa latente presencia

tuya,

demasiadas veces descubro cómo tu sombra

-cómo la herida que causa en mí tu existencia-

planea sobre mis pensamientos.

 

Por una vez

pensé que todo iba a ser fácil estando contigo,

creí luego que fácil sería también tu lejanía

pero esta noche te siento entre el bullicio

y todo son rasgos de tu persona.

 

¡Qué alegres

qué dichosos fuimos en aquellos días!

¡Qué indiferente creí sentirme

durante estos tiempos últimos!

 

Pero todo se ha roto.

Esta última salida,

este cercano aire de primavera

sólo trajo tu voz, tu imagen,

tu recuerdo, tu presencia, tu existir,

tu amor, tu pasado, tu vida

y este insoportable ardor que me traes

que clavas tú de cualquier modo

siempre en mi pecho

siempre en mi garganta.

 

 

Hombre interior

 

A Rafael Balsera

 

A él ya no lo mira nadie

porque no sale nunca de la casa umbría.

Conversa ahora con los viejos retratos

que encuentra a su paso por las piezas donde vela.

 

Hace tiempo que las dudas

le doblaron el rostro hacia su adentro

mas sigue buscando una paz imposible,

de quien cree que es mejor que morir en las calles.

 

Ignoramos la fuerza de que se alimenta.

Sólo guarda ese odio a cuanto le envilece.

Ya no pasa ni frío ni tristeza.

Va errabundo, desnudo de piel y de carne.

 

Ahora todos lo ignoran. El mundo continúa

y sus pies se ha detenido en la sombra eterna.

Tengo miedo a que quede dormido por siempre

aunque más miedo aún me produce el pensar que despertara.

 

 

Desde ahora diciembre

 

Pareceisme de nuevo una ciudad lánguida

pero sois el norte y el sur de todo cuanto poseo.

Si no os recorro, me pierdo en mis pupilas;

si os beso, me mancho con un barro que se desvanece.

 

Los senos apaciguados de mis novias os habitan,

por eso busco vuestro perfil de ciudad quieta.

No quiero las voces ni el rudo fragor de los cláxones;

silencio sólo, y cines de otoño para rescatar mi alma.

 

Perdido en mi infancia, me escondo en vuestros patios.

Dormido me abrazo a vuestras viejas hermosas

que saben de hombres y de niños buenos.

 

No siento temor a asomarme a la esquina.

Toda rota os hallo, mas no mentéis olvido.

Contadme el otoño. Habladme de él hasta que amanezca.

 

 

Confesiones de un desconocido

 

Ese hombre hurgaba entre los pliegues de la noche

lamiendo la huella de mis pasos para hablarme de ello.

Ese hombre ya no era un ser humano.

No era un hombre. Perdió por voluntad su condición de serlo.

 

Me halló al fin, absorto como estaba ante la barra de aquel bar

y se acercó hasta mí sin presentarse.

El balbuceo de un Bourbon. Después puso en mis labios

un cigarrillo Lucky, y me dio fuego.

 

No lo miraba entonces. No lo hice aun más tarde.

Lo escuchaba derramar frenético el vaso de su historia

salmodiándola en ocasiones, eructándola en otras.

Confesiones traídas penosamente del oscuro fondo de su noche.

 

Ese hombre podría haberlo inventado;

no sentí pena por ello. Lo dejé pasado un rato,

allá en el bar, gimiendo, ahogado en un par de últimas copas

y me volví hacia casa. Qué más daba aquella historia que otra cualquiera.

 

A primeras horas de la mañana

sonó el teléfono. Aún medio dormido hube de oir el resto del relato.

Pero esta vez los últimos detalles me turbaron.

-Tranquilícese -le dije-. Más tarde me acercaré a verlo.

                                                                                   No conciliaba el sueño.

 

Pasaban de las siete. Buscaba aquel viejo edificio.

Un chico a tal efecto me condujo hasta su puerta. -Suerte -me deseó,

y descendió todo veloz las escaleras.

Lo creí un tanto avieso. ¿No respondía nadie al timbre?

 

Finalmente aquel hombre abrió la puerta. Me invitó a pasar. Sirvió dos copas y nos sentamos.

Hablamos, y hablamos más aún cuanto que aquello no encajaba.

Su historia: en nada era la misma.

No sé que pretendía ahora aquel tipo.

 

Lo miré a los ojos, y se me ocurrió que tal vez no fuera el mismo.

Pensándolo bien -advertí-, nunca hasta entonces había reparado en su rostro.

¿Y su voz? ¿Era su voz la que escuchara anteriormente?

Ese hombre que hurgaba entre los pliegues de la noche era todo un desconocido.

 

 

Glosa de entretiempo

 

Glosa

meseta de papel, meridiano,

puente sobre el mar de nuestros hechos,

mirador de oriente en verso.

 

Frase,

generatriz del viento,

cadencia en compasión que nos visita,

ángulo recto de caricias.

Nosotras las palabras

formamos club, nos llamamos al concierto,

conversamos en torno al plano del regreso.

 

Punto

algoritmo magistral, arquitrabe fácil

del universo,

patio de los naranjos, ágora en silencio,

primavera de palabras, madrugada,

verde silueta asombrada,

estación del jazz, conveniencia;

nosotros, los asuntos, referimos,

y vosotros,

                  como veis,

                                    cruzáis los dedos

esperando tras los párpados mi glosa de entretiempo.